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Reflexiones

¿Qué es la voluntad? Etimológicamente la palabra voluntad procede del latín voluntas, que significa querer; un diccionario la define como «la facultad o capacidad humana para aceptar y rechazar algunas cosas para tomar decisiones y obrar de una manera adecuada», o bien simplemente como la intención de hacer una cosa. Sin embargo en un plano más práctico la voluntad es apostar por algo que nos ilusiona que se encuentra en la lejanía, y a lo que llegaremos solo con esfuerzo y paciencia.

Como dice Mireia Cabero, psicóloga y profesora de la UOC (Universitat Oberta de Calalunya, por sus siglas en Catalán): “Si necesito activar mi fuerza de voluntad es porque quiero conseguir algo que con mis hábitos cotidianos no conseguiría y necesito activar un sistema de esfuerzo para lograrlo; así que cuando activas la fuerza de voluntad hay un esfuerzo y un desgaste importante. De modo que activémosla cuando tenga un sentido para ti lo que buscas conseguir a posteriori”.

Y es que cuando la voluntad ha adquirido fuerza y vigor, nos ayuda en el empeño de conseguir nuestros deseos e ideales, constituyendo esa fuerza motriz tan necesaria que nos empuja a caminar hacia adelante a pesar de las dificultades, superando los obstáculos. Por ello, como señala el psiquiatra español Enrique Rojas, los dos ingredientes más importantes de la fuerza de voluntad son la motivación y la ilusión. Cuando cada alma tiene suficiente motivación e ilusión en su interior, la fuerza de voluntad que emane de ella será tan intensa e imparable, potenciará sus pensamientos y acciones, que nada le impedirá alcanzar las metas fijadas, sin importar la capacidad corporal con la que cuente (fuerza física, tamaño, etc.) Esto es lo que en esencia Gandhi quiso transmitirnos con esta célebre frase «La fuerza no vienen de la capacidad corporal sino de la voluntad del alma».

Y a ti amigo lector, ¿Qué te motiva a superar los obstáculos? ¿Cuál es la meta que te ilusiona alcanzar? ¿Qué tan fuerte es la voluntad de tu alma? Cuéntame.

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Es viernes por la tarde y Silvia otra vez cancela su salida con las amigas, es la tercera vez en el mes que las deja plantadas. Tampoco ha ido con la misma frecuencia que antes a casa de sus padres, ni ha contestado las llamadas de ninguno de sus seres queridos. En los últimos meses se ha distanciado emocionalmente de todos los que le rodean. Ni sus amigas ni su familia ni compañeros del trabajo comprenden qué es lo que pasa con ella. Algunos han empezado a sentir que les rechaza deliberadamente y esto les duele, especialmente porque desconocen los motivos de la conducta de Silvia. Ella por el contario poco a poco ha ido sintiendo que ya no encaja más en la vida de los demás, se considera a sí misma una persona aburrida aparte de que cualquier posibilidad de burla hacia su persona le parece insoportable así que prefiere no exponerse, poniendo tierra de por medio. Pero en realidad lo que sucede es que tiene un infundado miedo al rechazo, y para protegerse de ese supuesto rechazo se ha escondido tras un escudo de distanciamiento físico y emocional, fracturando con esto las buenas relaciones que hasta hace algún tiempo tenía.

Encerrarse en sí mismo, rechazar la compañía de otros, negarse a aceptar una mano amiga y en general aislarse emocionalmente del resto del mundo constituyen a menudo un escudo comúnmente usado para auto protegerse de la posibilidad de ser lastimados o rechazados por otros en el plano sentimental. Pero este escudo a veces hace más daño que «las lanzas» creadas para defenderse. En ocasiones las barreras emocionales que construimos al rededor nuestro por temor al rechazo, lastiman más que las agresiones directas, no solo a quién levanta dichas barreras sino también a quienes excluye.

Si bien es cierto que en tiempos de pandemia se ha recomendado el distanciamiento social y físico, no es lo mismo el distanciamiento emocional provocado a propósito de rechazar a los demás. Así que si poco a poco te vas encerrando en ti mismo, sintiéndote menos válido y apto, cuanto más te aísles, perderás más habilidades sociales y el daño será peor para ti y para tus seres queridos. En ocasiones, la pereza, la tristeza y diversos sentimientos negativos pueden llevarnos a decir “no” a una salida con amigos pero también pueden ocultar un miedo, algo que queremos evitar y que al mismo tiempo no queremos ver ni solucionar.

En el caso de Silvia, ella pasó por una experiencia de ruptura amorosa que no supo cómo manejar, ocasionando como mecanismo de defensa el rechazo en general, incluidos quienes no tuvieron nada que ver en el asunto.

¿Te ha pasado algo parecido? ¿Te han herido o lastimado? Al igual que Silvia ¿Pones  excusas  para aislarte de los demás porque te dices a ti mismo que no tienes ganas de verlos cuando, en realidad, lo que tienes es miedo? No cometas los mismos errores que Silvia, déjate ayudar y no lastimes con tus escudos a quienes quieren estar cerca de ti.

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Cierto día un profesor de bachillerato que impartía la materia de filosofía inició su clase lanzando una pregunta a su alumnado

-Bueno ¿y cómo arreglamos el mundo?

Se oyeron muchas respuestas por todo el recinto, los más apasionados en la materia filosofaron lanzando preguntas alrededor de la idea de identificar en primera instancia qué es lo que hace que algo necesite ser arreglado, otros fueron más prácticos y se volcaron de inmediato hacia la ecología y programas para el cuidado del medio ambiente, los que se consideraban más listos hablaron de soluciones tecnológicas y avances en el campo de la medicina y otras ciencias.

En breve se armó el revuelo en el aula con la lluvia de ideas en medio de bandos a favor y en contra de cada argumento expuesto.

Ante la discusión el profesor hizo callar a todos y entonces les relató una historia sobre una estudiante que a su vez le preguntó en cierta ocasión a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba la primera señal de civilización en una cultura. La estudiante esperaba que la antropóloga mencionara anzuelos, cazos de arcilla o piedras para afilar, pero no. En vez de eso la doctora Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua es la prueba de una persona con un fémur roto y curado. Ella explicó que en el reino animal, quién tenga una pierna o un hueso roto muere, ya que no puede huir del peligro, ir al río a beber agua o cazar para alimentarse. Quién tiene una pierna rota se convierte enseguida en presa fácil para los depredadores circundantes pues ningún animal sobrevive a una extremidad rota el tiempo suficiente para que dicho hueso sane. En cambio un fémur roto que posteriormente se curó es la prueba de que hubo alguien que se tomó el tiempo para quedarse con el que cayó, curar la lesión, poner a salvo a la persona y cuidarle hasta su total recuperación. «Ayudar a alguien a atravesar la dificultad es el punto de partida de la civilización», explicó la doctora Mead a aquella estudiante.

Después de escuchar esta historia el profesor volvió a preguntar a sus alumnos

-Y bien ¿qué les parece esa historia? ¿cómo arreglamos el mundo?

De nuevo se armó el barullo, esta vez con más partidarios por el desarrollo de la medicina, hasta que afuera del salón se oyó resonar la voz de una niña de 6to grado que esperaba a que su hermana saliera de clases, diciendo:

-No perdiendo nuestra humanidad ni lo esencial que nos convierte en civilización: la empatía por el dolor ajeno.

Estimado lector ¿cómo crees que se arregla el mundo? ¿será que la respuesta correcta la tienen los niños en sus manos?

Reflexiones

Una noche de 2005, un hombre sudafricano robó a una pareja que estaba en una cita. Les amenazó con un cuchillo, exigiendo que le dieran su dinero. Unos guardias de seguridad lo vieron cometer el robo a mano armada y comenzaron a perseguirlo. Como el criminal necesitaba escapar rápidamente con su botín, comenzó a correr por la ciudad. En la oscuridad, vio una cerca, es decir, un muro, y sin pensarlo dos veces se las arregló para saltar hacia el otro lado, creyendo con esto haberse salido con la suya y escapado de la justicia .

Sin embargo sin saberlo, aquel hombre acababa de saltar directamente a la guarida de tigre del zoológico Bloemfontein. A la mañana siguiente, un visitante del zoológico notó algo extraño en el fondo de la jaula del tigre. Era el cuerpo de un hombre muerto. Por suerte para la familia del criminal, que necesitaba enterrarlo, el tigre estaba bien alimentado y solo mató al hombre sin comerse su cadáver. Al intentar evadir la justicia el criminal encontró su propia muerte.

Años atrás, en 1997, otro criminal saltó la cerca del mismo zoológico, pero esa vez fue detenido por un gorila. Aquel hombre intentó disparar al gorila dos veces, pero el gorila lo mordió en las nalgas y lo inmovilizó contra la pared hasta que la policía pudo llegar y arrestar al malhechor. Por supuesto que ambos tuvieron su recompensa. Mientras que el héroe del zoologico tuvo un delicioso festín, el criminal en cuestión fue llevado a la cárcel por sus actividades delictivas.

Dicen que en la vida unas cosas vienen con calma y otras con Karma. Sea que creas en el karma o no, lo cierto es que hay que ser responsables de nuestras acciones porque en la vida todo tiene consecuencias (buenas o malas). Quizás estas consecuencias no se vean de inmediato, razón por la que hay que tener calma, pero tarde o temprano llegarán. Hay quienes afirman que el Karma no tiene menú así que te sirve lo que te mereces cuando menos lo esperas.

Estimado lector ¿cómo andas? ¿Te aguarda un buen karma debido a tus acciones o has de esperar con calma el cobro de lo que debes? Piénsalo, tal vez sea tiempo de redirigir el curso de tus obras para bajar los costos de las facturas pendientes…

Reflexiones

En un monasterio del lejano oriente, solo cada 10 años se les permite a los religiosos romper su voto de silencio para decir únicamente dos palabras. Solo dos palabras. Luego de una larga década de espera, para uno de los monjes llega la primera oportunidad de expresarse. Piensa detenidamente lo que va a decir, y por fin se decide a comunicarle al prior: “Comida mala”. Diez años después, éste mismo monje en su segunda oportunidad, expresa: “Cama dura”. Pasados otros 10 años, al llegar la tercera ocasión, el monje anuncia: “Me voy”.

“Bueno, no me sorprende en lo absoluto”, responde el superior de la abadía. “Has estado quejándote desde que llegaste aquí”.

Con esta breve historia se pone de relieve no solo que el protagonista la estaba pasando mal desde que llegó al monasterio sino también que durante todo ese tiempo solo se concentró y resaltó lo negativo de su estancia. Si bien es cierto que la vida de un asceta se caracteriza por la abnegación y la falta de lujos, por otro lado también es cierto que procuran desarrollar virtudes en su forma más sincera y profunda. Una de esas tantas virtudes es la gratitud. Quizás nuestro amigo el monje no consideraba que hubiese algo bueno que agradecer en su vida de aislamiento. Hoy por hoy, muchas personas comparten el mismo sentimiento que el monje, y viven sin nada positivo que decir, sin nada bueno que agradecer en su existencia. Mientras que en marcado contraste hay quienes parecen vivir con el «gracias» a flor de labios.

Sin embargo, mostrar gratitud no solo significa decir “gracias” como mero acto protocolario de buena conducta social, decirlo de dientes hacia afuera no convierte a quien lo expresa en un ser agradecido en el sentido pleno de la palabra. Más bien, ser agradecido va más allá de las palabras. La gratitud viene de un sentimiento placentero en el alma, que reconoce y es consciente de lo que posee, lo valora y lo aprecia y, solo después de ello, lo externa (aunque no necesariamente de manera audible).

No solo se trata de hacer un inventario personal de haberes y vacíos, ni de posesiones o carencias, sino más bien, de apreciar, aceptar y estar contento más allá del conformismo con lo que se posee o no. Por esta razón es importante empezar a buscar hasta encontrar algo por lo que dar gracias internamente, esto puede ser desde cosas tan pequeñas como el placer de escuchar el canto de las aves, la capacidad de disfrutar una hogaza de pan, o apreciar el color de un atardecer. Cuando se aprecia valora y agradece lo más pequeño de la vida entonces es posible empezar a externar gratitud por casi todo lo demás, ya sean bienes o carencias, y concentrarse positivamente en todo aquello que sí se tiene, sin añorar lo que no.

Practicar y reforzar el hábito de agradecer no solo alimenta el espíritu, sino también se ha comprobado que cambia la estructura molecular del cerebro lo cual redunda en una mejor salud mental y física, y mejora la calidad del sueño. De acuerdo al Harvard Mental Letter -y cito textualmente- “Quienes son agradecidos experimentan sentimientos más positivos, disfrutan de los buenos momentos, tienen mejor salud, enfrentan mejor las dificultades y forjan buenas amistades”.  Pero más allá de los beneficios en materia de salud, y el camino de bienestar que se abre paso ante esta actitud, el agradecimiento consciente atrae nuevos adeptos cuando se manifiesta en la cotidianeidad. Es “contagioso” en el sentido positivo de la palabra, generando una cadena de reacciones positivas alrededor, lo cual en esta época se ha vuelto más indispensable que necesario.

Cuando utilizamos el poder de las palabras para externar gratitud en vez de quejas (aunque estas sean genuinas y legítimas, es decir, aunque las quejas tengan lugar y válida razón de ser) damos un giro de 180° a la manera de percibir el mundo, y vibramos de forma más armoniosa. ¿Acaso no es mejor vivir agradeciendo que lamentando? Espero estimado lector que también tú contagies e inspires a otros con el buen hábito de practicar la gratitud. Empieza por contarme algo bueno que te haya pasado, por lo que hoy quieras decir “Gracias”.

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La señora Cooper, de Canadá, llevaba mucho tiempo tratando de vender un remolque, un bote (lancha) y un motor viejos que solo le hacían estorbo en el patio trasero de su casa. Cuando por fin logró venderlos se sintió aliviada.

—Gracias —le dijo el hombre que los compró, mientras cargaba los objetos en su camioneta—. Estoy pensando en revenderlos.

Buena suerte, pensó ella, pues le había tomado meses deshacerse de esas cosas. No obstante, unas semanas más tarde, la señora Cooper se topó con el mismo hombre en la calle, y él le contó que había logrado vender todo.

—¡Vaya! ¿Cómo lo hizo? —preguntó incrédula.

—’Tan solo puse un anuncio que decía: “Vendo remolque resistente para bote; incluye bote gratis”. Cuando el sujeto interesado fue a recogerlos a mi casa, le pregunté si ya tenía un motor para el bote. Como su respuesta fue negativa, le mencioné que al parecer había uno en mi cochera. Salí con el objeto en las manos y él me lo compró enseguida’. 

 Esa tarde, la señora Cooper aprendió algo valioso : el éxito en la vida -y en las ventas, cabe agregar- depende del enfoque que le demos. Si has fallado repetidamente en alcanzar una meta, en lograr un propósito, piensa en si estás abordando el asunto con la perspectiva correcta, quizás debas replantearte algo que no has considerado en trayectos anteriores.