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La Basa De La Mora (Leyenda, España)

La Basa de la Mora, oficialmente conocido como «Ibón de Plan», es un lago de agua de glaciar ubicado en el Pirineo aragonés, a casi 2000 metros de altitud, entre los pueblos de Plan y Saravillo, conocido por los montañistas y amantes del turismo rural. Tras este bello paraje hay una de las leyendas más curiosas del folclore de Aragón, que nos remonta a la Edad Media.

Se dice que en la época en la que el dominio de los árabes se extendía por la mayor parte de la Península Ibérica, llegando prácticamente hasta Aínsa, a las puertas del Pirineo, una princesa mora fue emboscada por las tropas cristianas y, tras perder a su séquito a manos de los enemigos, empezó a correr monte arriba, confiando en que la maleza y el tupido bosque la ayudarían a escapar.

Tras varias horas tratando de burlar a los cristianos camuflándose con la vegetación y avanzando sin apenas despegarse del suelo, la princesa llegó a un lugar en el que la montaña perdía su verticalidad y podía seguir avanzando ahorrando fuerzas, por lo que decidió seguir por ese lado. Sin embargo, al continuar sin atreverse a alzar la mirada para ver por dónde iba, cuando se dio cuenta de que empezaba a rodearla una masa de agua totalmente transparente y casi helada ya era tarde; la princesa terminó en el lago de montaña, donde tan solo los picos a su alrededor fueron testigos de cómo se ahogaba.

Muchos siglos después, se dice que en el anochecer de la vigilia de San Juan, cualquier persona de corazón puro que suba a la Basa de la Mora y se lave la cara en sus aguas, puede ver a la princesa bailando sobre su superficie cristalina, cubierta por varias serpientes.

La Leyenda De Aldhara (España)

Hace varios siglos, vivía en un castillo de Galicia, España, un viejo noble llamado Froyás, con dos hijos, Egas y Aldhara. Esta última era una doncella rubia muy bonita, y tenía como pretendiente a Aras, el hijo de otra familia noble de la región. El amor entre Aldhara y Aras floreció y se comprometieron enseguida.

Sin embargo, cierto día, no faltando mucho para la boda, a la hora del almuerzo, Froyás advirtió que su hija no aparecía por ninguna parte. Al principio se limitó a llamarla a voces durante durante largo rato, pero al ver que su desaparición era más que evidente pronto empezó a movilizar tanto a su hijo como a sus soldados para registrar el castillo. Pasados unos minutos, uno de sus hombres le informó de que había visto a Aldhara salir por uno de los portales y dirigirse al río ubicado a los pies del monte en el que se encontraba la fortificación. Pero tras ir allí y buscar por la zona, nadie encontró ni una pista de dónde estaba la joven, por lo que mandaron un mensaje al castillo de Aras explicando lo que había pasado. Pero ni con los refuerzos de esta otra familia de nobles lograron encontrarla tras varios días de intensa búsqueda.

Pasaron varios años, y casi todo el mundo se olvidó de Aldhara, dándola por muerta quizás tras el ataque de un oso o un jabalí. Pero el olvido no llegó para su padre Froyás y por supuesto su hermano Egas, quienes seguían echándola mucho de menos, aunque también se resignaban ante la idea de que la doncella había muerto mucho tiempo atrás.

Cierto día, Egas se dirigió a la montaña a intentar cazar a un urogallo, y justo tras lograr su pieza, vio que en una pradera a pocos metros pastaba una magnífica y hermosa cierva, de brillante y suave pelaje totalmente blanco. Tal fue la impresión que causo en el cazador que este se apresuró con magistral sigilo a cargar una flecha y dispararla, por miedo a que el majestuoso animal huyera y no lo viera más.

La flecha dio de lleno en la cierva, que cayó muerta en el acto, sin haber podido ni dar ni siquiera un paso. Pero como Egas iba sin compañía y no podía cargar él solo con el voluminoso animal, decidió cortar una de sus patas, recordar dónde lo había dejado y volver al castillo para buscar ayuda y transportarla. Al llegar al encuentro de su padre fue a enseñarle el trofeo, pero en ese momento ambos vieron horrorizados cómo del saco de Egas no salía la pata de una cierva, sino la mano blanquísima de una mujer de alta cuna, y en uno de sus dedos se podía ver un anillo de oro con una gran piedra roja: el anillo de Aldhara.

De inmediato y sin perder tiempo ambos corrieron a la pradera en la que Egas había dado muerte al animal, y allí encontraron a Aldhara, vestida de blanco, muerta sobre la hierba con la herida de la flecha de Egas, y con una sola mano. La muerte había regresado a la desafortunada joven a su forma humana natural y solo así los suyos pudieron finalmente reconocerla. Padre e hijo lloraron desconsoladamente ante el terrible hallazgo del cadáver. ¿Por qué Aldhara salió aquella tarde al río? ¿Cómo terminó transformada en cierva? ¿Qué error cometió para ser castigada de esa manera? ¿Habría sido posible romper su encantamiento de algún modo? Nunca encontraron las respuestas como tampoco nunca supieron qué suerte de hechizo o maleficio cayó sobre la hermosa joven, ni quién fue el autor de tan cruel magia.