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El Mendigo, La Princesa Y el Recuerdo (Cuento, Henri Gougaud)

Érase una vez, en las montañas, una princesa llamada Denid, tan bella y melancólica como una primavera lluviosa. Una pena desconocida le corroía el alma. Vivía encerrada en oscuros pensamientos y no hablaba jamás.

Su padre, el rey, hallábase tan desolado que desesperaba ya de poder consolarla sin más ayuda que el amor que por ella sentía; así que envió por todo el país a quinientos mensajeros con vestiduras rojas y cabalgaduras negras, encomendándoles la difusión de un bando que rezaba:
– Yo, rey de las altas montañas, daré a mi hija en matrimonio a quien sea capaz de hacerle pronunciar una palabra de alegría.

Inmediatamente, un príncipe del valle, a lomos de un elefante enjaezado con bordados, se dirigió al castillo de la princesa seguido de sus ministros y saltimbanquis. Le ofreció la batahola de sus címbalos, sus cantos y sus danzas, le recitó de rodillas un arrebatado poema de amor, pero Denid, sentada en cojines de terciopelo, permaneció impasible y rígida, con su mirada glacial. Cuando el príncipe, cabizbajo, abandonó el palacio, ella ni siquiera se dignó a decirle adiós.

Llegó entonces el mercader más rico del país. Extendió sus tesoros a los pies de la princesa, cofres repletos de joyas, paños traídos de lejanas tierras. Mas ella no parecía verlo. Exaltado como un adolescente, le prometió toda clase de cosas maravillosas. Mas ella no parecía oírle. Con la cabeza ligeramente ladeada, dirigió tristemente su mirada a través de la ventana hacia el cielo y las montañas. El mercader, derrotado, se fue por donde había venido, llevándose a su caballo por la brida.

Aquel día, en el pueblo más alejado del país, un joven mendigo se enteró de lo que el rey había prometido a quien devolviera la palabra a su hija y decidió probar su suerte. Se puso pues en camino, vestido con sus ropajes harapientos y un parasol de frondas en la mano. Caminando por los senderos, se encontró con una anciana que bajaba de la montaña por entre las rocas.
– ¿Adónde vas, mendigo? -le preguntó.
– Voy a la ciudad. Quiero probar a devolver la palabra a la hija del rey, aunque mis esperanzas son pocas. Mucho me temo que sea simplemente muda.
– ¿Muda la princesa Deníd? – respondió la anciana escandalizada-. ¡Vamos hombre! ¡La princesa Denid, jovenzuelo, tiene el don de la elocuencia! ¡Te lo aseguro! Y además, posee una gran sabiduría. ¿Quieres saber por qué se niega a hablar? Pues porque se acuerda de sus vidas pasadas.

Escúchame bien y aprovecha lo que voy a decirte; hace mucho tiempo, cuando vivía en el cuerpo de una tigresa, su compañero y sus hijos fueron matados por un cazador y ella murió de pena. Volvió al mundo en el cuerpo de una perdiz, pero unos labradores prendieron fuego al matorral en que incubaba sus huevos y murió abrasada. Su siguiente existencia fue la de una alondra. Hizo su nido en un dique, a la orilla de un río. Unos niños que pasaban por allí, se divirtieron en matar a su compañero y su nidada y a ella la hicieron prisionera, muriendo en una jaula. Por eso ahora, recordando la crueldad de los hombres, les niega su compañía.
Así habló la anciana. El mendigo, de repente iluminado, se acordó de sus pasadas existencias, de que había vivido junto a una tigresa, junto a una perdiz y también con una alondra.
– ¡Salud, anciana! -le dijo-. ¡Y gracias! -Pero la anciana estaba ya lejos, correteando por entre las piedras.

Subió la montaña y encontró a la princesa Denid ante la puerta de palacio, tejiendo una manta de lana color azul. Se acercó a ella con su parasol de frondas apoyado en el hombro. La miró y le dijo dulcemente:
– Al fin te encuentro. ..
El mendigo lloró en silencio. Denid, con los dientes apretados, ni siquiera levantó su mirada hacia él.

– Hace mucho tiempo – añadió – yo fui un tigre que cayó en la trampa de un cazador. Mi compañera murió de pena. Luego volví al mundo en un cuerpo de perdiz y te vi arder con nuestros hijos. Quise salvarte y así encontré la muerte. Finalmente, cuando fuimos una pareja de alondras, yo perecí asfixiado en el puño de un niño antes de que a ti te llevaran prisionera.
Tras decir estas palabras, con la cabeza baja, el mendigo guardó silencio.

Entonces Denid, poniendo la mano en su hombro, musitó:
– Tú eres aquel al que yo aguardaba. Espero que esta vez podamos vivir sin aflicción.
La princesa le condujo a palacio. El hombre dejó sus botas y sus viejas ropas. Mientras él tomaba un baño, ella quemaba incienso. Y hasta el alba del siguiente día, no salieron de la habitación. Así comenzó su nueva vida y así termina esta historia.

La Rosa Azul (Cuento, China)

Un poderoso emperador de la China, sabio y bondadoso, se sentía muy feliz: su pueblo era dichoso bajo su gobierno y su hogar, un paraíso de amor y paz. Pero algo había que le preocupaba en grado sumo. Su única hija, tan bella, como inteligente, no demostraba mayor interés en casarse.

El emperador quiso encontrar un pretendiente digno de ella, para lo cual hizo proclamar su deseo de casar a la princesa. Los aspirantes a la mano de la joven fueron muchos  pero, la inteligente muchacha, encontró un modo de burlar la disposición de su padre. Dijo que estaba dispuesta a casarse con una condición: quien hubiera de casarse con ella, debería traerle una rosa azul.

Los pretendientes se desalentaron ante ese pedido. Nadie había visto nunca una rosa azul. ¿En qué jardín del mundo florecería esa maravilla? Y con la seguridad de que hallar la rosa azul era una empresa imposible, la mayoría de ellos renunció a casarse con la bella princesa. Solamente tres persistieron: un rico mercader, un valiente guerrero y un alto jefe de justicia. El mercader no era un soñador, sino un hombre muy sensato. De modo que, muy sensatamente, se dirigió a la mejor florería de la ciudad, donde, con toda seguridad, debía hallar lo que buscaba. Se equivocó. El florista no había visto jamás una rosa azul en todos sus años de comerciante. Pero el rico mercader ofrecía una fortuna a cambio de esa extraña flor, y el florista prometió ocuparse de buscarla. El comerciante se desesperaba sin resultado alguno, hasta que un día, su esposa, mujer llena de astucia, creyó encontrar la solución. Nada más fácil que teñir de azul una rosa blanca, y con ello, el mercader lograría la mano de la princesa y ellos una cuantiosa fortuna. Imposible describir la alegría del rico mercader cuando el comerciante de flores le hizo saber que ya había encontrado lo que necesitaba. Corrió a la florería, tomó la flor de pétalos azules y no demoró un segundo en llegar al palacio. Y cuando todos creían que el mercader había alcanzado su premio, la inteligente princesa movió su bella cabeza y dijo:

—Eso no es lo que yo quiero. Esta rosa ha sido teñida con un líquido venenoso que causaría la muerte a la primera mariposa que sobre ella se posara.

Por su parte, el pretendiente guerrero, que había conocido tierras maravillosas en sus campañas, optó por dirigirse hacia el país del rey de los Cinco Ríos. Sabía que era un soberano riquísimo, en cuyo reino desbordaban los tesoros. El guerrero partió acompañado de cien soldados, y aquella comitiva armada y deslumbrante, causó una profunda impresión en el rey de los Cinco Ríos, que temiendo un ataque, ordenó a sus servidores que corrieran a traer la rosa azul para ofrecerla al caballero que la pedía. Volvió el criado trayendo en sus manos un estuche afelpado. Cuando lo abrió, el guerrero quedó deslumbrado. Dentro del estuche había un hermoso zafiro tallado en forma de rosa.

Sin duda era un presente real, y el guerrero, seguro de su triunfo, regresó con la joya a su país. Pero la princesa movió la cabeza al contemplar la joya. El presente del guerrero no era más que eso, una piedra preciosa, no una flor verdadera.

A su vez, el alto jefe de Justicia, que había asistido al fracaso de sus dos rivales, vio que el campo quedaba libre para él. Pensó mucho tiempo en la forma de hallar la rosa azul que la princesa quería, y por fin, una idea feliz surgió en su mente. Visitó en su taller a un exquisito artista, y le pidió que hiciera un vaso de porcelana fina, donde debía pintar una rosa azul. El artista se esmeró en su obra, y cuando se la presentó al alto jefe de justicia, no dudó éste ni un momento que el triunfo era ya suyo. Con esta seguridad se presentó ante la princesa. La joven quedó realmente admirada ante aquel trabajo. Nadie había visto nunca un vaso de porcelana tan bello y transparente, y la rosa azul en él pintada, lo convertía en una verdadera obra de arte. Pero aunque admitió el regalo y lo agradeció con gentil gesto, tuvo que confesar que no era una rosa pintada lo que ella quería. Mucho lo lamentaba, pero tampoco el alto jefe de justicia había encontrado lo que ella pedía para conceder su mano. La ingeniosa princesa se había salido con la suya, sin que su padre pudiera hacerle el menor reproche. Y desde entonces ya nadie volvió a hablar del casamiento de la princesa, ni se presentó ningún otro pretendiente a aspirar su mano, con gran regocijo de la joven.

Pero poco después, comenzó a hablarse en el palacio de un joven trovador que recorría el país entonando dulces canciones. Y una noche la bella princesa se paseaba con una de las doncellas por el jardín del palacio, llegó a sus oídos una dulce melodía. No dudó que se trataba del trovador de que tanto le habían hablado, y rogó a su doncella que lo llamara. El trovador saltó el muro, y aquella noche cantó para ella sus más hermosas canciones. La princesa y el trovador se enamoraron, y el joven volvió otras noches a cantar bajo sus ventanas. Cada vez más grande fue su amor, y el trovador quiso presentarse ante el soberano para pedir la mano de la princesa. Entonces fue cuando la hermosa joven advirtió que la astucia que había empleado para alejar a sus pretendientes, impedirían que pudiera casarse con el trovador. Su padre le exigiría también a él que trajera la rosa azul. Y ella sabía que eso era imposible. Pero su enamorado la tranquilizó. Su amor todo lo podría. Gran revuelo se produjo en la corte cuando se supo que un nuevo pretendiente se sometía a la prueba de hallar la rosa azul y que se presentaría con ella. El trovador atravesó por entre la fila de cortesanos y damas, y llegó hasta la princesa. Tendió la mano, y le ofreció una hermosa rosa blanca que momentos antes arrancara de su jardín. La princesa sonrió feliz, y con el consiguiente asombro de todos, manifestó que esa era exactamente la rosa azul que ella quería. Un murmullo de sorpresa y de indignación corrió por el salón, y hasta el mismo emperador miró a su hija, como si creyera que se había vuelto loca. Pero la vio tan dichosa, que comprendió todo, y dijo que si ella, tan inteligente como todos los sabios de la corte, admitía que la rosa que le presentaban era azul, nadie podía dudarlo.

Así fue como triunfó el amor de la princesa y el trovador.