Justicia (Ramón de Campoamor)

-¡Señor Juez, un malvado, un asesino,
  un pérfido, un traidor,
  robóme la paz de mi destino...!
-¿Robó, decís?
-¡Mi amor!
-¿Cuál es su crimen?
-Inocente y puro 
  mi corazón le di...
-¡Tu corazón!
_¡Creédme, señor Juez, que yo os lo juro!
_¡Castigadlo, señor!
-¿Pero, el delito?
_Engañador y falso
  despedazólo cruel.
  ¡Las horribles tinieblas de un cadalzo
  no bastan, señor Juez!
-¡Deliras, infeliz. A un magistrado
  hablándole de amor!
-¡Oh, ¿le daréis la muerte? Ved que es poco
  comparado a su crimen tan atroz.
  Una muerte...Mil muertes no alcanzaban
  a purgar su delito, señor Juez.
  ¡Matar la fe y el porvenir bendito
  de una infeliz mujer!
-¡Vete en paz, desdichada! Las pasiones
  no las juzgan los hombres sino Dios.
  ¡Matar el cuerpo es crimen en la tierra,
  matar el alma, no!

Reflexiones

Con esta frase el sabio Hipócrates nos hace pensar en que para sanar de todos los males sean del cuerpo o del alma, primero hay que estar dispuestos a ello. Sin la voluntad de renunciar a la raíz de los problemas no se logran alcanzar ni la paz ni la salud ni se puede ayudar quién no desea recibir la ayuda aunque sea evidente y consiente que la necesita.

¿Cuántas veces querido lector te has negado a dejar ir eso que te enferma porque lo atesoras más que a tu propia paz? ¿Qué es aquello por lo que consideras merece la pena padecer? ¿En verdad lo vale?…Espero que sí.

En Paz (Amado Nervo)

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

La Batalla Eterna (Leyenda Nórdica)

Hjadningavíg (la batalla de los Heodenings ), la «leyenda de Hedinn y Högn» o la «saga de Hild» es una antigua  leyenda escandinava de la mitología nórdica sobre la batalla eterna entre dos poderosos guerreros.

Narra la leyenda que Hedinn, hijo de Hjarrandi, rey de Serkland, era un gran guerrero quién, a través de sus conquistas, había conseguido someter a veinte reyes, de los que recibía tributo anualmente. Un día de invierno, mientras se encontraba cazando, descubrió en medio del bosque a una hermosa mujer que dijo llamarse Göndul. Aquella enigmática mujer le preguntó acerca de sus hazañas y Hedinn procedió a contarle cómo se había convertido en el gran guerrero que era. Al finalizar su relato, Hedinn le preguntó si ella era capaz de mencionar a alguien tan poderoso como él. Para su sorpresa, Göndul respondió que sí, que Hogni («protector»), rey de Dinamarca, podía igualarlo en proezas. Entonces, Hedinn decidió que debía visitar a Hogni para poner a prueba quién de los dos era el mejor guerrero.

Al llegar la primavera, Hedinn partió hacia Dinamarca a bordo de su barco, acompañado de trescientos hombres. Al llegar a su destino, Hogni lo recibió cordialmente y organizó un banquete en su honor. Cuando Hogni le preguntó acerca del motivo de su viaje, Hedinn respondió que su objetivo era poner a prueba quién de los dos era el más poderoso. Hogni aceptó el reto y al día siguiente comenzaron las competencias. Se enfrentaron en natación, tiro al blanco, esgrima y cuanto deporte era conocido por los vikingos. En todas las competencias, sin embargo, ambos hombres quedaron siempre parejos, por lo que resultaba imposible decidir quién era el mejor guerrero. Entonces, ambos hombres decidieron convertirse en hermanos de sangre y compartirlo todo.

Poco tiempo después, Hogni partió en un largo viaje y Hedinn quedó a cargo de su reino. Habiendo salido a cazar, como era su costumbre, Hedinn encontró nuevamente a Göndul en medio del bosque. Ante su sorpresa, la mujer le ofreció beber de un cuerno. Ya que se encontraba cansado y sediento, Hedinn aceptó beber, pero al poco tiempo se encontraba extrañamente borracho. Göndul entonces le preguntó si había logrado superar a Hogni, tras lo cual él le contó el resultado de la competencia y que había decidido que Hogni era su igual. Göndul se río de su respuesta y le dijo que Hogni era en efecto más grande que él porque estaba casado y tenía una hija, mientras que Hedinn aún permanecía soltero. Hedinn entonces respondió que podía pedirle a Hogni la mano de su hija y entonces ambos serían iguales en grandeza. La mujer respondió entonces que aun así Hogni seguiría siendo más grande, ya que se convertiría en su suegro. Ante la perplejidad de Hedinn, Göndul le dijo que la única forma de convertirse en el mejor guerrero era secuestrar a Hildr, la hija de Hogni, y dar muerte a su esposa. Borracho como estaba, Hedinn decidió seguir el consejo de la mujer.

Inmediatamente, dio órdenes a sus hombres de que prepararan su barco para partir de regreso a Serkland. Cuando todo estuvo listo, tomó a Hildr y a Hervör, la esposa de Hogni, y las obligó a subir a su barco. En ausencia de Hogni nadie se atrevió a oponerle resistencia. Hildr le suplicó que desistiera, ya que Hogni estaría más que contento de entregarle su mano, pero Hedinn entonces tomó a Hervör y ordenó a sus hombres que la ataran en el suelo, justo frente a la proa del barco. Al zarpar, el barco partió en dos el cuerpo de la pobre mujer.

Hedinn entonces decidió ir en busca de Göndul. La encontró en el mismo lugar donde la había visto la última vez y ella, una vez más, le invitó a beber. Mientras caía dormido en el regazo de Göndul, ésta maldijo a Hedinn por lo que había hecho. Al despertar, descubrió que la mujer había desaparecido y, dándose cuenta de las maldades que había cometido, zarpó de inmediato, pero no se atrevió a volver a casa.

Poco tiempo después, Hogni regresó a su hogar. Al enterarse de lo ocurrido a su esposa e hija, dio de inmediato la orden a sus hombres de prepararse para zarpar. Después de mucho buscar, finalmente divisó las velas del barco de Hedinn en la costa de la isla de Hoy, en Escocia, donde éste le esperaba con su ejército. Hogni desembarcó, pero fue recibido cordialmente porsu hija Hildr quién se presentó conciliadora y dió la bienvenida a su padre diciendo que no había recibido mal trato o daño alguno, acto seguido le ofreció la paz y un collar en nombre de Hedinn. Hogni, encolerizado como estaba, no deseaba la paz y ya había desenvainado su espada Dáinsleif («legado de Dainn») incluso antes de ver a su hija o a su rival, la cual estaba sujeta a una maldición ya que una vez desenvainada debía causar la muerte de un hombre, jamás erraba el blanco y provocaba heridas que nunca sanaban. A pesar de que Heddinn ofreció oro para compensar el rapto de su hija y la muerte de su esposa, Hogni no quiso transigir y al día siguiente comenzó la batalla.

A lo largo de todo el día, ambos ejércitos se enfrentaron, pero sin que ninguno lograra la victoria. Al atardecer, tanto Hogni como Heldinn regresaron a sus campamentos, pero Hildr permaneció en el campo de batalla. Compadecida por el gran número de muertos, la princesa reclamó que Freya no se llevase con sus valkirias a aquellos que habían caído tan estúpidamente por su causa, y con ayuda de la diosa utilizó poderosos conjuros para traer a la vida nuevamente a los guerreros caídos de ambos bandos. Así que, en cuanto los dos caudillos vieron a sus tropas frescas al amanecer del día siguiente la lucha se reinició, pero después de la batalla cada atardecer Hildr devolvía la vida a todos los muertos. De esta forma, la batalla entre Hogni y Hedinn continuará reanudándose cada nuevo día, gracias a los poderes de Hildr, hasta que llegue el Ragnarök.

Gratia Plena (Amado Nervo)

Todo ella encantaba, todo en ella atraía:
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar...
El ingenio de Francia su boca fluía.
Era llena de gracia como el Avemaría;
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como Margarita sin par,
el influjo de su alma celeste amanecía...
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía:
era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé del privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió... como gota que se vuelve a la mar! 

La Luz es como el Agua (Cuento, Gabriel García Márquez)

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Espacio de creación y contenido literario, que fluye libre y audaz sin perder lo clásico.

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