Humor

En Colombia una pareja de casados esperaba con ilusión a su segundo hijo. Mientras la feliz madre estaba en el cuarto mes de su segundo embarazo, fue a ver al ginecólogo acompañada por su esposo y su hijo Gustavito, de cuatro años, para conocer el sexo del bebé.

Todos en la familia estaban muy emocionados, en especial el pequeño, sin embargo, a pesar de hacer malabares el médico no pudo determinar si era niña o niño debido a la posición del cordón umbilical en la ecografía. De manera que un poco decepcionado, les pidió que volvieran la semana siguiente para intentarlo otra vez.

Pero justo antes de marcharse, Gustavito tuvo una idea brillante, se paró en seco frente al doctor y le preguntó muy seriamente si era posible ver el cabello del bebé en la ecografía.

—¿El cabello? — preguntó con extrañeza el doctor.

— Sí, el cabello —afirmó el niño.

— ¿y para qué quieres verle el cabello?— replicó el doctor ante la desconcertante respuesta.

—Porque si tiene el pelo largo, ¡entonces es una niña! —exclamó Gustavito lleno de emoción.

No cabe duda, la inocencia y creatividad de los niños no tiene comparación.

Mis errores (Pedro Miguel Obligado)

No fue sino un error esperar tanto
Las cosas, que, quizás, no han existido
Y esforzarme por ser lo que no he sido
Como aquel que sin voz estudia canto

No fue sino un error, lo mismo,
Cuanto luche por comprender
Cuánto he querido
Y olvidar como el árbol florecido
La otoñal enseñanza del quebranto.

El amor resultó un malentendido
Y así, hasta fue un error el desencanto
Pues perdí lo que nunca he conseguido.

Hoy ante todo lo soñado y lo sufrido
Se que, aunque en mi experiencia no adelanto,
Gracias a mis errores, he vivido...

El árbol de las preocupaciones (Cuento anónimo)

Un comerciante muy rico contrató a un carpintero para restaurar una antigua casa colonial de su propiedad. Pretendía venderla por mucho dinero una vez terminados los trabajos de restauración. Como al comerciante le gustaba tener todo bajo control y le preocupaba que el trabajo no quedase bien, decidió pasar un día entero en la casa, para ver cómo marchaban las obras.

Al final de la jornada, se dio cuenta de que el carpintero había trabajado mucho y bastante bien a pesar de que había sufrido varios contratiempos (la sierra se averió, su ayudante no se presentó, su proveedor de insumos no surtió el pedido correcto de barnices y clavos, la escalera se rompió cuando él estaba subiendo el tercer peldaño ocasionándole una caída).

Para completar el día de mala suerte, el auto del pobre carpintero también se negó a funcionar, así que el empresario se ofreció para llevarle a casa.

-Pobre hombre-, pensó el comerciante, -la ha pasado muy mal este día, lo menos que puedo hacer para aliviarle un poco su mal día es llevarle a casa.

El carpintero no habló durante todo el trayecto, visiblemente enojado y preocupado por todos los contratiempos que había tenido a lo largo del día. Sin embargo, al llegar invitó al comerciante a conocer a su familia y a cenar, pero antes de abrir la puerta, se detuvo delante de un árbol sembrado junto a la entrada. Acarició sus ramas durante pocos minutos, cerró los ojos un instante y soltó un suspiro. Después de esto, el carpintero y el comerciante avanzaron hasta el umbral de la vivienda.

Cuando el carpintero abrió la puerta y entró en la casa  parecía un hombre diferente, feliz, el cambio fue radical tan solo al cruzar la puerta.

La cena transcurrió entre risas y animada conversación. Todos pasaron un rato muy ameno. Al terminar la velada, como buen anfitrión el carpintero acompañó al comerciante a su auto para agradecerle de nuevo el favor de haberle llevado hasta su casa. Cuando pasaron por delante del árbol, el comerciante, intrigado, le preguntó:

– ¿Qué tiene de especial ese árbol? Antes de entrar a tu casa estabas enojado y preocupado pero después de tocarlo eras otro hombre. ¿Se trata de un árbol mágico?

– Ese es el árbol de los problemas – le respondió sonriente el carpintero. – Está ahí para recordarme que no puedo evitar los contratiempos o los problemas en el trabajo, pero no tengo por qué llevarme las preocupaciones a casa. Mucho menos descargarlas sobre mi familia que espera feliz mi regreso. Cuando toco sus ramas, dejo ahí las preocupaciones del día y las recojo a la mañana siguiente, cuando voy al trabajo. Lo interesante es que cada mañana encuentro menos motivos para preocuparme que los que dejé el día anterior. 

Esa noche, el comerciante rico aprendió una de las lecciones más valiosas de su vida, y decidió sembrar su propio árbol de las preocupaciones, justo afuera de su casa. También se prometió a sí mismo dejarle al árbol sus constantes preocupaciones antes de volver cada noche con su familia.

Invocación (Enrique Paso)

Te llamo; ven aquí, dulce locura,
mujer fatal que rige mi destino.
Ven y pon, generosa, en mi camino,
la nota de color con tu hermosura.

Tus labios rojos, de sin par frescura,
serían, en la tristeza de mi sino,
lo que es para el sediento peregrino
el agua de una fuente fresca y pura.

Cese, pues, tu rencor, mujer divina;
sobre mi pecho y sin temor, reclina
con languidez tu cabecita loca:

y ya que se terminan tus enojos,
besaré los zafiros de tus ojos
y el madrigal sangriento de tu boca.

Reflexiones

Cierto ministro religioso se despierta un domingo por la mañana decidido a jugar golf. Quiere tomarse el día pero sabe que tiene el deber de dirigir la misa, así que le dice al sacristán que se siente enfermo y lo convence de que sea él quien se encargue del servicio religioso, aunque sea por esta ocasión.

En cuanto el sacristán sale de su habitación, el ministro se viste de inmediato, sale a hurtadillas de la casa y se dirige a toda velocidad hacia un campo de golf que está a unos 80 kilómetros de distancia de la zona, para evitar toparse con alguno de sus feligreses. Ya en el campo, cuando está a punto de dar el primer golpe con su lustroso palo de golf, se da cuenta de que no hay una sola alma cerca. Después de todo, es domingo por la mañana y la mayoría de la gente se encuentra en la iglesia.

Entonces, San Pedro que ha seguido de cerca todas las actividades de esa mañana, se inclina hacia Dios -mientras, mira molesto al ministro desde el cielo- y le pregunta:

—Señor, no vas a dejar que se salga con la suya, ¿verdad?

El Señor suspira y dice:

—No, supongo que no.

El reverendo se siente satisfecho porque ha logrado su cometido de escaparse para jugar, de manera que, con entusiasmo deportivo, golpea la pelota, que pega directamente en el palo del banderín y cae a un lado; luego, rueda y entra en el agujero. ¡Es un hoyo en uno desde casi 350 metros! Toda una hazaña. Algo digno de una gran ovación…pero no hay público.

San Pedro está perplejo. Voltea a ver al Señor y exclama:

—¡Pero Señor ¿por qué lo dejaste hacer eso?!

—No te preocupes Pedrito, ¿a quién se lo va a contar? —contesta Dios con toda serenidad.

A veces la vida tiene esas ironías, te deja ganar y salirte con la tuya estrepitosamente, pero a cambio no te permite contarlo sin delatarte y acarrearte problemas. El precio de ganar en ocasiones le arrebata el dulzor a la victoria, especialmente en aquellas situaciones que suponen un dilema moral. ¿Qué inclina tu balanza? ¿el ego que suplica gritar la muy acariciada victoria o la prudencia de callar porque compartir ese triunfo significará exponer una cuestión poco ortodoxa? Vaya encrucijada ¿no?. Es para todos una crueldad tener que elegir.

Conceder o callar. Estimado lector ¿cada cuánto tienes esta disyuntiva?

Basta y Sobra (Rafael Obligado)

¿Tú piensas que te quiero por hermosa,
por tu dulce mirar,
por tus mejillas color de rosa?
Sí, por eso y por buena, nada más.

¿Qué, entregada a la música y las flores
no aprendes a danzar?
Pues me alegra, me alegra que lo ignores;
yo te quiero por buena, nada más.

¿Que tu ignorancia raya en lo sublime
de Atila y Gengis Khan?
¡Qué muchacha tan ciega...! Pero. dime,
¿si lo supieras, te querría más?

Bien estén con su conciencia los doctores,
la tuya es el hogar:
los niños, la música y las flores,
bastan y sobran para amarte más.

Espacio de creación y contenido literario, que fluye libre y audaz sin perder lo clásico.

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