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La Leyenda De Aldhara (España)

Hace varios siglos, vivía en un castillo de Galicia, España, un viejo noble llamado Froyás, con dos hijos, Egas y Aldhara. Esta última era una doncella rubia muy bonita, y tenía como pretendiente a Aras, el hijo de otra familia noble de la región. El amor entre Aldhara y Aras floreció y se comprometieron enseguida.

Sin embargo, cierto día, no faltando mucho para la boda, a la hora del almuerzo, Froyás advirtió que su hija no aparecía por ninguna parte. Al principio se limitó a llamarla a voces durante durante largo rato, pero al ver que su desaparición era más que evidente pronto empezó a movilizar tanto a su hijo como a sus soldados para registrar el castillo. Pasados unos minutos, uno de sus hombres le informó de que había visto a Aldhara salir por uno de los portales y dirigirse al río ubicado a los pies del monte en el que se encontraba la fortificación. Pero tras ir allí y buscar por la zona, nadie encontró ni una pista de dónde estaba la joven, por lo que mandaron un mensaje al castillo de Aras explicando lo que había pasado. Pero ni con los refuerzos de esta otra familia de nobles lograron encontrarla tras varios días de intensa búsqueda.

Pasaron varios años, y casi todo el mundo se olvidó de Aldhara, dándola por muerta quizás tras el ataque de un oso o un jabalí. Pero el olvido no llegó para su padre Froyás y por supuesto su hermano Egas, quienes seguían echándola mucho de menos, aunque también se resignaban ante la idea de que la doncella había muerto mucho tiempo atrás.

Cierto día, Egas se dirigió a la montaña a intentar cazar a un urogallo, y justo tras lograr su pieza, vio que en una pradera a pocos metros pastaba una magnífica y hermosa cierva, de brillante y suave pelaje totalmente blanco. Tal fue la impresión que causo en el cazador que este se apresuró con magistral sigilo a cargar una flecha y dispararla, por miedo a que el majestuoso animal huyera y no lo viera más.

La flecha dio de lleno en la cierva, que cayó muerta en el acto, sin haber podido ni dar ni siquiera un paso. Pero como Egas iba sin compañía y no podía cargar él solo con el voluminoso animal, decidió cortar una de sus patas, recordar dónde lo había dejado y volver al castillo para buscar ayuda y transportarla. Al llegar al encuentro de su padre fue a enseñarle el trofeo, pero en ese momento ambos vieron horrorizados cómo del saco de Egas no salía la pata de una cierva, sino la mano blanquísima de una mujer de alta cuna, y en uno de sus dedos se podía ver un anillo de oro con una gran piedra roja: el anillo de Aldhara.

De inmediato y sin perder tiempo ambos corrieron a la pradera en la que Egas había dado muerte al animal, y allí encontraron a Aldhara, vestida de blanco, muerta sobre la hierba con la herida de la flecha de Egas, y con una sola mano. La muerte había regresado a la desafortunada joven a su forma humana natural y solo así los suyos pudieron finalmente reconocerla. Padre e hijo lloraron desconsoladamente ante el terrible hallazgo del cadáver. ¿Por qué Aldhara salió aquella tarde al río? ¿Cómo terminó transformada en cierva? ¿Qué error cometió para ser castigada de esa manera? ¿Habría sido posible romper su encantamiento de algún modo? Nunca encontraron las respuestas como tampoco nunca supieron qué suerte de hechizo o maleficio cayó sobre la hermosa joven, ni quién fue el autor de tan cruel magia.

Las Ruinas Circulares (Cuento, Jorge Luis Borges)

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

Los Merengues (Cuento, Julio Ramón Ribeyro)

Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas -había aprendido a contar jugando a las bolitas- y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.

En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues -blancos, puros, vaporosos- lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una salivación amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo consentía un momento para darle luego un coscorrón y decirle:

-¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!

Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo pisaban y desmantelaban bulliciosamente la tienda.

Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de su mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por último le obsequió una rosquita. Él hubiera preferido un merengue pero intuía que en los favores estaba prohibido elegir. También, un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba un poco duro.

-¡Empara! -dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo cual cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él tiraba carnes masticadas divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.

Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde aquel día, los merengues constituían su obsesión.

Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes, ocupando todo el mostrador. Esperó que se despejara un poco el escenario pero, no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente.

-¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!

Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa calaña comprar tan empalagosa golosina en tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repitió, en tono imperativo:

-¡Veinte soles de merengues!

El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otros parroquianos.

-¿No ha oído? -insistió Perico, excitándose-. ¡Quiero veinte soles de merengues!

El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.

-¿Estás bromeando, palomilla?

Perico se agazapó.

-¡A ver, enséñame la plata!

Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero.

-¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?

-Sí -replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.

-Buen empacho te vas a dar -comentó alguien.

Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió abochornado. Como el pastelero lo olvidaba, repitió:

-Deme los merengues -pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por razones que no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.

-¿Vas a salir o no? -lo increpó el dependiente.

-Despácheme antes.

-¿Quién te ha encargado que compres esto?

-Mi mamá.

-Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito.

Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriera, renació su deseo, y ya no exigió sino que rogó con una voz quejumbrosa:

-¡Deme, pues, veinte soles de merengues!

Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:

-¡Aunque sea diez soles, nada más!

El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado pero a Perico le pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.

-¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!

Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeó por los alrededores.

Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres gordos, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor.

La Desaparición de Honoré Subrac (Cuento, Guillaume Apollinaire

A pesar de haber realizado las investigaciones más minuciosas, la policía no ha logrado dilucidar el misterio de la desaparición de Honoré Subrac.

Él era mi amigo y, como yo conocía la verdad sobre su caso, asumí la tarea de poner al corriente a la justicia acerca de lo que había pasado. El juez que tomó mi declaración adoptó conmigo, después de haber escuchado mi relato, un tono de amabilidad tan tremenda, que no tuve ningún problema en comprender que me tomaba por un loco. Se lo dije. Él se comportó más amable aún, después, levantándose, me guió hacia la puerta, y vi a su secretario de pie, con los puños cerrados, listo para saltar sobre mí si lo hacía enfurecer.

No insistí. El caso de Honoré Subrac es, en efecto, tan extraño, que la verdad parece increíble. Por los artículos del periódico, se supo que Subrac era conocido como un excéntrico. Tanto en invierno como en verano no vestía más que una túnica y no usaba en los pies más que pantuflas. Era muy rico y, como su vestimenta me llamaba la atención, una vez le pregunté la razón de que la usara:

―Es para desvestirme más rápidamente en caso de necesidad, me respondió. Por cierto, uno se acostumbra rápido a salir poco vestido. Uno puede muy bien prescindir de ropa interior, calcetas y sombrero. Vivo así desde los veinticinco años y nunca he estado enfermo.

Estas palabras, en lugar de ilustrarme, aguzaron mi curiosidad.

“¿Por qué, pensé, Honoré Subrac necesita desvestirse tan rápido?”

E hice un gran número de suposiciones…

Una noche, cuando regresaba a casa ―podría ser la una, la una y cuarto―, escuché mi nombre en voz baja. Me pareció que la voz provenía del muro que iba rozando con los dedos. Me detuve desagradablemente sorprendido.

―¿No hay nadie más que usted en la calle?, prosiguió la voz. Soy yo, Honoré Subrac.

―¿Dónde está usted?, grité, viendo para todos lados, sin conseguir hacerme una idea de dónde podía esconderse mi amigo.

Descubrí solamente su famosa túnica yacente sobre la acera, junto a sus no menos famosas pantuflas.

―He aquí un caso, pensé, en el que la necesidad forzó a Honoré Subrac a desvestirse en un parpadeo. Por fin voy a descubrir un gran misterio.

Y dije en voz alta:

―La calle está desierta, querido amigo, puede aparecerse.

Bruscamente, Honoré Subrac se desprendió de alguna manera del muro donde yo no lo había advertido. Estaba completamente desnudo y, antes que nada, se apoderó de su túnica, la cual se puso y se abotonó lo más rápido que pudo. Después se calzó y habló con resolución mientras me acompañaba hasta mi puerta.

―¡Se sorprendió!, dijo, pero ahora comprende la razón por la que me visto con tanta excentricidad. Y, sin embargo, usted no comprende cómo pude escapar tan absolutamente a su mirada. Es muy sencillo. No hay que ver en ello más que un fenómeno de mimetismo… La naturaleza es una buena madre. Concedió a algunos de sus hijos amenazados por ciertos peligros, y que son demasiado débiles para defenderse, el don de confundirse con su entorno… Pero usted sabe todo eso. Usted sabe que las mariposas se parecen a las flores, que algunos insectos son similares a las hojas, que el camaleón puede tomar el color que mejor lo disimule, que la liebre polar se ha vuelto blanca como los glaciares por los que huye casi invisible, por ser tan cobarde como la liebre del desierto.

Es así como esos débiles animales escapan de sus enemigos gracias a un ingenio instintivo que modifica su aspecto.

Y yo, a quien un enemigo persigue sin tregua, yo, que soy miedoso y que me siento incapaz de defenderme en una pelea, yo me parezco a esas bestias: me confundo a voluntad y por terror con el medio ambiente.

Puse en práctica por primera vez esta facultad instintiva hace ya varios años. Tenía veinticinco años y, generalmente, las mujeres me encontraban agradable y bien parecido. Una de ellas, que estaba casada, manifestó por mí tanta amistad que no pude resistirme. ¡Fatal relación!… Una noche, estaba en casa de mi amante. Se suponía que su marido había salido por varios días. Estábamos desnudos como divinidades, cuando la puerta se abrió de repente y el esposo apareció con un revólver en la mano. Mi terror fue inefable, y no tuve más que un deseo, cobarde como era y como soy aún: desaparecer. Pegándome a la pared, deseé confundirme con ella. Y el acontecimiento imprevisto se realizó enseguida. Me volví del color del papel tapiz, aplastándose mis miembros en un estiramiento voluntario e inconcebible, me pareció que me hacía uno con la pared y que a partir de ese momento nadie me veía. Y era cierto. El marido me buscaba para darme muerte. Me había visto y era imposible que hubiese huido. Enloqueció y, volcando su ira contra su mujer, la mató salvajemente disparándole seis veces en la cabeza. Después se fue, llorando con desesperación. Tras su partida, mi cuerpo recobró instintivamente su forma normal y su color natural. Me vestí, y conseguí salir de ahí antes de que alguien llegara… Desde entonces conservo esta bienaventurada facultad parecida al mimetismo. El marido, por no haberme matado, consagró su existencia al cumplimiento de dicha labor. Me sigue a través del mundo desde hace mucho tiempo, y yo pensaba que viniendo a París había escapado de él. Pero distinguí a ese hombre tan sólo unos instantes antes de que usted pasara. El terror me hacía castañetear los dientes. No tuve más tiempo que el necesario para desvestirme y confundirme con el muro. Él pasó cerca de mí, mirando con curiosidad la túnica y las pantuflas abandonadas sobre la acera. ¡Ve usted cuánta razón tengo al vestirme tan someramente!  Mi facultad mimética no podría llevarse a cabo si fuera vestido como todo el mundo. No podría desvestirme lo suficientemente rápido como para escapar de mi verdugo y es indispensable, antes que nada, que me desnude con el fin de que mi ropa, pegada contra el muro, no inutilice mi desaparición defensiva.

Felicité a Subrac por poseer una facultad de la que tenía pruebas y que envidiaba.

Los días siguientes, no pensé más que en esa historia y me sorprendía en todo momento encaminando mi voluntad hacia el propósito de modificar mi forma y color. Intenté transformarme en autobús, en Torre Eiffel, en académico, en ganador del premio mayor. Mis esfuerzos fueron vanos. No lo conseguía. Mi voluntad no tenía la fuerza suficiente y además me faltaba el bendito terror, ese formidable peligro que había despertado los instintos de Honoré Subrac.

No lo había visto desde hacía algún tiempo, cuando un día llegó enloquecido:

―Ese hombre, mi enemigo, me dijo Subrac, me acecha por todas partes. Pude escapármele tres veces gracias a mi facultad, pero tengo miedo, tengo miedo, querido amigo.

Observé que había adelgazado, pero me guardé de decírselo.

―No le queda más que una cosa por hacer, declaré yo. Para escapar de un enemigo así de despiadado: ¡váyase! Ocúltese en un pueblo. Déjeme al cuidado de sus asuntos y diríjase a la estación de trenes más cercana.

Me apretó la mano diciendo:

―Acompáñeme, se lo suplico, ¡tengo miedo!

En la calle, caminamos en silencio. Honoré Subrac volvía la cabeza constantemente, con aire inquieto. De repente, soltó un grito y se puso a huir desprendiéndose de la túnica y las pantuflas. Y vi que un hombre llegaba corriendo detrás de nosotros. Intenté detenerlo. Pero se me escapó. Sostenía un revólver que apuntaba en dirección a Honoré Subrac. Aquél acababa de alcanzar el largo muro del cuartel y desapareció como por encanto.

El hombre del revólver se detuvo estupefacto, hizo una exclamación de rabia, y, como para vengarse del muro que parecía arrebatarle a su víctima, descargó el revólver sobre el punto donde Honoré Subrac había desaparecido. Después se fue, corriendo…

La gente se juntó, unos agentes de policía vinieron a dispersarla. Entonces, llamé a mi amigo. Pero él no me respondió.

Tanteé el muro, todavía estaba tibio, y noté que de las seis balas, tres habían golpeado a la altura del corazón de un hombre, mientras que las otras arañaron el yeso más alto, ahí donde me pareció distinguir, vagamente, los contornos de un rostro.

El Encuentro (Cuento, China)

Ch’ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y bien parecido. Se habían criado juntos, y como el señor Chang Yi quería mucho al joven, dijo que lo aceptaría como yerno. Ambos oyeron la promesa y como ella era hija única y siempre estaban juntos, el amor creció día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre era el único en no advertirlo.

Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija. El padre, descuidando u olvidando su antigua promesa, consintió. Ch’ienniang, desgarrada por el amor y por la piedad filial, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que resolvió irse del país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y comunicó a su tío que tenía que irse a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero y regalos y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, no cesó de cavilar durante la fiesta y se dijo que era mejor partir y no perseverar en un amor sin ninguna esperanza. Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas pocas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran. No pudo conciliar el sueño y hacia la media noche oyó pasos que se acercaban.

Se incorporó y preguntó: «¿Quién anda a estas horas de la noche?»

«Soy yo, soy Ch’ienniang», fue la respuesta.

Sorprendido y feliz, la hizo entrar en la embarcación. Ella le dijo que había esperado ser su mujer, que su padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También había temido que Wang Chu, solitario y en tierras desconocidas, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la reprobación de la gente y la cólera de los padres y había venido para seguirlo adonde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.

Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaron noticias de la familia y Ch’ienniang pensaba diariamente en su padre. Esta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no y una noche le confesó a Wang Chu su congoja; como era hija única se sentía culpable de una grave impiedad filial.

-Tienes un buen corazón de hija y yo estoy contigo -respondió él-. Cinco años han pasado y ya no estarán enojados con nosotros. Volvamos a casa-.

Ch’ienniang se regocijó y se aprestaron para regresar con los niños. Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch’ienniang:

-No sé en qué estado de ánimo encontraremos a tus padres. Déjame ir solo a averiguarlo-.

Al avistar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:

-¿De qué hablas? Hace cinco años que Ch’ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.

-No estoy mintiendo -dijo Wang Chu-. Ella está bien y nos espera a bordo.

Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch’ienniang. A bordo la encontraron sentada, bien ataviada y contenta; hasta les mandó cariños a sus padres. Maravilladas, las doncellas volvieron y aumentó la perplejidad de Chang Yi.

Entre tanto, la enferma había oído las noticias y parecía ya libre de su mal y había luz en sus ojos. Se levantó de la cama y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación. La que estaba a bordo iba hacia la casa y se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch’ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios. Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch’ienniang vivieron juntos y felices.

(Cuento de la dinastía Tang, 618-906 a.C.)

El Libro de Arena (Cuento, Jorge Luis Borges)

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

–Vendo biblias –me dijo.

No sin pedantería le contesté:

–En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

–No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

–Será del siglo diecinueve –observé.

–No sé. No lo he sabido nunca –fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

–Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.

En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

–Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

–No –me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

–Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

–Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

–Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

–No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

–Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

–¿Usted es religioso, sin duda?

–Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

–Y de Robbie Burns –corrigió.

Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

–¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

–No. Se le ofrezco a usted –me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

–Le propongo un canje –le dije–. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

–A black letter Wiclif! –murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

–Trato hecho –me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.

Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.