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La Desaparición de Honoré Subrac (Cuento, Guillaume Apollinaire

A pesar de haber realizado las investigaciones más minuciosas, la policía no ha logrado dilucidar el misterio de la desaparición de Honoré Subrac.

Él era mi amigo y, como yo conocía la verdad sobre su caso, asumí la tarea de poner al corriente a la justicia acerca de lo que había pasado. El juez que tomó mi declaración adoptó conmigo, después de haber escuchado mi relato, un tono de amabilidad tan tremenda, que no tuve ningún problema en comprender que me tomaba por un loco. Se lo dije. Él se comportó más amable aún, después, levantándose, me guió hacia la puerta, y vi a su secretario de pie, con los puños cerrados, listo para saltar sobre mí si lo hacía enfurecer.

No insistí. El caso de Honoré Subrac es, en efecto, tan extraño, que la verdad parece increíble. Por los artículos del periódico, se supo que Subrac era conocido como un excéntrico. Tanto en invierno como en verano no vestía más que una túnica y no usaba en los pies más que pantuflas. Era muy rico y, como su vestimenta me llamaba la atención, una vez le pregunté la razón de que la usara:

―Es para desvestirme más rápidamente en caso de necesidad, me respondió. Por cierto, uno se acostumbra rápido a salir poco vestido. Uno puede muy bien prescindir de ropa interior, calcetas y sombrero. Vivo así desde los veinticinco años y nunca he estado enfermo.

Estas palabras, en lugar de ilustrarme, aguzaron mi curiosidad.

“¿Por qué, pensé, Honoré Subrac necesita desvestirse tan rápido?”

E hice un gran número de suposiciones…

Una noche, cuando regresaba a casa ―podría ser la una, la una y cuarto―, escuché mi nombre en voz baja. Me pareció que la voz provenía del muro que iba rozando con los dedos. Me detuve desagradablemente sorprendido.

―¿No hay nadie más que usted en la calle?, prosiguió la voz. Soy yo, Honoré Subrac.

―¿Dónde está usted?, grité, viendo para todos lados, sin conseguir hacerme una idea de dónde podía esconderse mi amigo.

Descubrí solamente su famosa túnica yacente sobre la acera, junto a sus no menos famosas pantuflas.

―He aquí un caso, pensé, en el que la necesidad forzó a Honoré Subrac a desvestirse en un parpadeo. Por fin voy a descubrir un gran misterio.

Y dije en voz alta:

―La calle está desierta, querido amigo, puede aparecerse.

Bruscamente, Honoré Subrac se desprendió de alguna manera del muro donde yo no lo había advertido. Estaba completamente desnudo y, antes que nada, se apoderó de su túnica, la cual se puso y se abotonó lo más rápido que pudo. Después se calzó y habló con resolución mientras me acompañaba hasta mi puerta.

―¡Se sorprendió!, dijo, pero ahora comprende la razón por la que me visto con tanta excentricidad. Y, sin embargo, usted no comprende cómo pude escapar tan absolutamente a su mirada. Es muy sencillo. No hay que ver en ello más que un fenómeno de mimetismo… La naturaleza es una buena madre. Concedió a algunos de sus hijos amenazados por ciertos peligros, y que son demasiado débiles para defenderse, el don de confundirse con su entorno… Pero usted sabe todo eso. Usted sabe que las mariposas se parecen a las flores, que algunos insectos son similares a las hojas, que el camaleón puede tomar el color que mejor lo disimule, que la liebre polar se ha vuelto blanca como los glaciares por los que huye casi invisible, por ser tan cobarde como la liebre del desierto.

Es así como esos débiles animales escapan de sus enemigos gracias a un ingenio instintivo que modifica su aspecto.

Y yo, a quien un enemigo persigue sin tregua, yo, que soy miedoso y que me siento incapaz de defenderme en una pelea, yo me parezco a esas bestias: me confundo a voluntad y por terror con el medio ambiente.

Puse en práctica por primera vez esta facultad instintiva hace ya varios años. Tenía veinticinco años y, generalmente, las mujeres me encontraban agradable y bien parecido. Una de ellas, que estaba casada, manifestó por mí tanta amistad que no pude resistirme. ¡Fatal relación!… Una noche, estaba en casa de mi amante. Se suponía que su marido había salido por varios días. Estábamos desnudos como divinidades, cuando la puerta se abrió de repente y el esposo apareció con un revólver en la mano. Mi terror fue inefable, y no tuve más que un deseo, cobarde como era y como soy aún: desaparecer. Pegándome a la pared, deseé confundirme con ella. Y el acontecimiento imprevisto se realizó enseguida. Me volví del color del papel tapiz, aplastándose mis miembros en un estiramiento voluntario e inconcebible, me pareció que me hacía uno con la pared y que a partir de ese momento nadie me veía. Y era cierto. El marido me buscaba para darme muerte. Me había visto y era imposible que hubiese huido. Enloqueció y, volcando su ira contra su mujer, la mató salvajemente disparándole seis veces en la cabeza. Después se fue, llorando con desesperación. Tras su partida, mi cuerpo recobró instintivamente su forma normal y su color natural. Me vestí, y conseguí salir de ahí antes de que alguien llegara… Desde entonces conservo esta bienaventurada facultad parecida al mimetismo. El marido, por no haberme matado, consagró su existencia al cumplimiento de dicha labor. Me sigue a través del mundo desde hace mucho tiempo, y yo pensaba que viniendo a París había escapado de él. Pero distinguí a ese hombre tan sólo unos instantes antes de que usted pasara. El terror me hacía castañetear los dientes. No tuve más tiempo que el necesario para desvestirme y confundirme con el muro. Él pasó cerca de mí, mirando con curiosidad la túnica y las pantuflas abandonadas sobre la acera. ¡Ve usted cuánta razón tengo al vestirme tan someramente!  Mi facultad mimética no podría llevarse a cabo si fuera vestido como todo el mundo. No podría desvestirme lo suficientemente rápido como para escapar de mi verdugo y es indispensable, antes que nada, que me desnude con el fin de que mi ropa, pegada contra el muro, no inutilice mi desaparición defensiva.

Felicité a Subrac por poseer una facultad de la que tenía pruebas y que envidiaba.

Los días siguientes, no pensé más que en esa historia y me sorprendía en todo momento encaminando mi voluntad hacia el propósito de modificar mi forma y color. Intenté transformarme en autobús, en Torre Eiffel, en académico, en ganador del premio mayor. Mis esfuerzos fueron vanos. No lo conseguía. Mi voluntad no tenía la fuerza suficiente y además me faltaba el bendito terror, ese formidable peligro que había despertado los instintos de Honoré Subrac.

No lo había visto desde hacía algún tiempo, cuando un día llegó enloquecido:

―Ese hombre, mi enemigo, me dijo Subrac, me acecha por todas partes. Pude escapármele tres veces gracias a mi facultad, pero tengo miedo, tengo miedo, querido amigo.

Observé que había adelgazado, pero me guardé de decírselo.

―No le queda más que una cosa por hacer, declaré yo. Para escapar de un enemigo así de despiadado: ¡váyase! Ocúltese en un pueblo. Déjeme al cuidado de sus asuntos y diríjase a la estación de trenes más cercana.

Me apretó la mano diciendo:

―Acompáñeme, se lo suplico, ¡tengo miedo!

En la calle, caminamos en silencio. Honoré Subrac volvía la cabeza constantemente, con aire inquieto. De repente, soltó un grito y se puso a huir desprendiéndose de la túnica y las pantuflas. Y vi que un hombre llegaba corriendo detrás de nosotros. Intenté detenerlo. Pero se me escapó. Sostenía un revólver que apuntaba en dirección a Honoré Subrac. Aquél acababa de alcanzar el largo muro del cuartel y desapareció como por encanto.

El hombre del revólver se detuvo estupefacto, hizo una exclamación de rabia, y, como para vengarse del muro que parecía arrebatarle a su víctima, descargó el revólver sobre el punto donde Honoré Subrac había desaparecido. Después se fue, corriendo…

La gente se juntó, unos agentes de policía vinieron a dispersarla. Entonces, llamé a mi amigo. Pero él no me respondió.

Tanteé el muro, todavía estaba tibio, y noté que de las seis balas, tres habían golpeado a la altura del corazón de un hombre, mientras que las otras arañaron el yeso más alto, ahí donde me pareció distinguir, vagamente, los contornos de un rostro.

El Encuentro (Cuento, China)

Ch’ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y bien parecido. Se habían criado juntos, y como el señor Chang Yi quería mucho al joven, dijo que lo aceptaría como yerno. Ambos oyeron la promesa y como ella era hija única y siempre estaban juntos, el amor creció día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre era el único en no advertirlo.

Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija. El padre, descuidando u olvidando su antigua promesa, consintió. Ch’ienniang, desgarrada por el amor y por la piedad filial, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que resolvió irse del país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y comunicó a su tío que tenía que irse a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero y regalos y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, no cesó de cavilar durante la fiesta y se dijo que era mejor partir y no perseverar en un amor sin ninguna esperanza. Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas pocas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran. No pudo conciliar el sueño y hacia la media noche oyó pasos que se acercaban.

Se incorporó y preguntó: «¿Quién anda a estas horas de la noche?»

«Soy yo, soy Ch’ienniang», fue la respuesta.

Sorprendido y feliz, la hizo entrar en la embarcación. Ella le dijo que había esperado ser su mujer, que su padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También había temido que Wang Chu, solitario y en tierras desconocidas, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la reprobación de la gente y la cólera de los padres y había venido para seguirlo adonde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.

Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaron noticias de la familia y Ch’ienniang pensaba diariamente en su padre. Esta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no y una noche le confesó a Wang Chu su congoja; como era hija única se sentía culpable de una grave impiedad filial.

-Tienes un buen corazón de hija y yo estoy contigo -respondió él-. Cinco años han pasado y ya no estarán enojados con nosotros. Volvamos a casa-.

Ch’ienniang se regocijó y se aprestaron para regresar con los niños. Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch’ienniang:

-No sé en qué estado de ánimo encontraremos a tus padres. Déjame ir solo a averiguarlo-.

Al avistar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:

-¿De qué hablas? Hace cinco años que Ch’ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.

-No estoy mintiendo -dijo Wang Chu-. Ella está bien y nos espera a bordo.

Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch’ienniang. A bordo la encontraron sentada, bien ataviada y contenta; hasta les mandó cariños a sus padres. Maravilladas, las doncellas volvieron y aumentó la perplejidad de Chang Yi.

Entre tanto, la enferma había oído las noticias y parecía ya libre de su mal y había luz en sus ojos. Se levantó de la cama y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación. La que estaba a bordo iba hacia la casa y se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch’ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios. Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch’ienniang vivieron juntos y felices.

(Cuento de la dinastía Tang, 618-906 a.C.)

El Libro de Arena (Cuento, Jorge Luis Borges)

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

–Vendo biblias –me dijo.

No sin pedantería le contesté:

–En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

–No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

–Será del siglo diecinueve –observé.

–No sé. No lo he sabido nunca –fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

–Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.

En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

–Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

–No –me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

–Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

–Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

–Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

–No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

–Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

–¿Usted es religioso, sin duda?

–Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

–Y de Robbie Burns –corrigió.

Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

–¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

–No. Se le ofrezco a usted –me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

–Le propongo un canje –le dije–. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

–A black letter Wiclif! –murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

–Trato hecho –me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.

Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

El Múcaro, Leyenda, Puerto Rico

Cuenta la leyenda que allá en el hermoso bosque pluvial de Puerto Rico llamado El Yunque habitaban los pájaros más hermosos y coloridos de la región. Su belleza era solo comparable a la magnitud de sus tan alegres y escandalosos trinos.

Un día, cansados de solo trinar entre ellos decidieron hacer una fiesta e invitar a todos los animales del bosque, pero especialmente a las aves que vivían en las zonas más distantes. Después de repartirse equitativamente las tareas para la planeación del gran evento, las aves decidieron comisionar a una de ellas para entregar las invitaciones, siendo el águila de cola roja, o Guaraguao, la elegida para este encargo por ser la más veloz de todas y cubrir grandes distancias.

Así que muy contento Guaraguao salió a visitar a cada animal y ave residente de El Yunque para invitarlos al gran baile. Tras una jornada larga de vuelo solo le quedaba una casa por visitar, la casa de Múcaro, un pequeño búho que vivía en un árbol enorme y hueco al final del bosque. Guaraguao llamó varias veces a la puerta pero nadie salía, así que decidió asomarse por una ventana para ver si en efecto no había nadie en casa, pues Múcaro siempre acostumbraba estar en casa a esas horas. En medio de las penumbras de la casa percibió algo de movimiento, y pensando que tal vez el amigo Múcaro pudiese estar enfermo y requerir ayuda, Guaraguao decidió entrar.

Sorprendido por la inesperada visita, Múcaro desde el fondo de su casa exclamó:

-¡Guaraguao! ¿Qué haces aquí?

-Hola amigo Múcaro, he venido a traerte una invitación para nuestro gran baile del bosque, pero como no respondías a la puerta he decidido entrar pues pensé que tal vez estuvieses enfermo.

-Muchas gracias Guaraguao, pero no estoy enfermo, o quizás sí, no lo sé con certeza – contestó muy triste el pequeño búho.

-¿Qué es lo que te pasa Múcaro?

-¡Una tragedia amigo Guaraguao, una tragedia! ¡He perdido todas mis plumas y estoy desnudo! Por eso no me atrevo ni a asomarme a la puerta.

-Sí que es terrible- dijo Guaraguao tras verlo sin una sola pluma en su cuerpo- pero no te preocupes, todos tus amigos vamos a ayudarte. Solo espera a que yo regrese.

Dicho esto, Guaraguao emprendió el viaje de regreso para contarle a todos los buenos amigos alados del bosque, quienes de inmediato decidieron ayudar al pobre Múcaro. Así pues, todas las aves prestaron una de sus plumas para ayudar a vestirse al pequeño búho desnudo. Cuando juntaron suficientes plumas, Guaraguao las tomó todas y las metió con cuidado de no estropearlas en un enorme costal y se apresuró a llevárselas a Múcaro.

-¡Mira lo que te he traído!- exclamó muy contento Guaraguao mientras le entregaba a Múcaro el costal lleno de hermosas plumas de colores, y añadió – Todos tus amigos hemos estado de acuerdo en prestarte una de nuestras plumas para que te hagas un traje y puedas venir al baile con nosotros, pero luego del baile deberás devolverlas a sus dueños.

-¡Qué hermosas plumas! -contestó muy emocionado el pequeño búho, y de inmediato se puso a confeccionar su traje para el baile tras darle un sin fin de gracias a Guaraguao por el préstamo de todas las aves.

Cuando tuvo listo el traje enseguida se lo puso. Múcaro no podía dejar de mirarse en el espejo del agua, su traje sin duda sería el más hermoso y lujoso de toda la concurrencia con esas plumas verdes, amarillas rojas y azules. ¡Era un hermoso traje!

Cuando llegó el día del baile Múcaro hizo acto de presencia, siendo admirado por todos los asistentes debido a la belleza de su traje nuevo. Todos le aplaudían el buen gusto de su nuevo plumaje tan colorido y no dudaban en hacérselo saber. Aquel día Múcaro recibió muchos cumplidos, se sentía muy feliz. Sin embargo, a media fiesta Múcaro comenzó a pensar que pronto tendría que desarmar su espléndido traje y devolver todas las plumas prestadas, pues sus dueños exhibían un pequeño hueco en sus plumajes tras haberse quitado la que cada uno le prestó.

-No es justo- pensó Múcaro- ellos tienen sus plumajes completos aun con el hueco de la pluma que me prestaron, mientras que yo seguiré desnudo sin ni siquiera una sola pluma que ponerme encima. Y si las devuelvo cuando termine el baile ¿cómo volaré de nuevo hasta mi casa? Además, ¡el traje me quedó tan bonito!

Así que en medio del bullicio del baile y sin que alguien se diera cuenta, Múcaro se escabulló de la fiesta escapando lejos del bosque. Una vez que terminó el baile las aves lo buscaron para que les entregara las plumas prestadas, pero nadie pudo encontrarlo. Cuando les quedó claro que el búho desapareció para no devolver lo prestado, molestos todos sus amigos encomendaron la tarea a Guaraguao de ir a buscarlo a su casa y pedirle la devolución, sin embargo Múcaro también había abandonado su casa.

Todos los animales del bosque lo buscaron sin poder encontrarlo porque Múcaro se escondió tan bien que aún ahora solo sale en las noches. Sin embargo, poco tiempo después de la huida, el hermoso traje tan colorido perdió todo su encanto, pues las lustrosas plumas se tornaron blancas y marrones. Cuando Múcaro se dio cuenta de ello pensó en devolver las plumas, pero como ahora solo eran de dos colores no sabía a quién pertenecía cada una, además ya estaban opacas y feas ¿Cómo iba a devolverlas así estropeadas?

-Ahora mis amigos jamás me perdonarán- pensó muy triste el pequeño búho y se soltó a llorar en lo profundo de su escondite.

No se sabe si es por las plumas opacas o por haberse quedado sin amigos que desde entonces cuando el Múcaro sale por las noches se le oye cantar una triste canción en el bosque de El Yunque de su natal Puerto Rico.

Cuerpo Sin Alma (Cuento Italiano, Italo Calvino)

Había  una vez una viuda con un hijo que se llamaba Giuanin. A los trece años, éste quiso recorrer el mundo para hacer fortuna.

– ¿Para qué quieres ir a recorrer el mundo? -le dijo su madre – ¿No ves que todavía eres pequeño? Cuando seas capaz de derrumbar de un puntapié ese pino que hay al fondo de la casa, entonces podrás irte.

Desde ese día, todas las mañanas, apenas se levantaba, Giuanin cogía impulso y se lanzaba a pies juntillas contra el tronco del pino. El pino no se movía y él caía al suelo cuan largo era. Se levantaba, se sacudía el polvo de encima, y se recluía en un rincón.

Una mañana, por fin, saltó contra el árbol con todas sus fuerzas y el árbol se inclinó, se inclinó, hasta que las raíces quedaron al desnudo y el árbol cayó derribado. Giuanin corrió a avisar a su madre, quien fue a ver, lo examinó escrupulosamente y le dijo:

– Ahora, hijo mío, puedes ir donde quieras.

Giuanin se despidió de ella y se puso en marcha.

Después de varios días de viaje, llegó a una ciudad. El Rey de esa ciudad tenía un caballo que se llamaba Rondello, y nadie se atrevía a montarlo. Los que lo intentaban parecían tener éxito en un primer momento, pero luego el caballo les hacía morder el polvo. Giuanin se puso a mirar un poco y notó que el caballo se asustaba de su propia sombra. Entonces se ofreció para domar a Rondello. Fue a verlo al establo, lo llamó, lo acarició, y de pronto le saltó encima y lo llevó afuera dirigiéndole el hocico contra el sol. El caballo no veía su sombra y no se asustaba: Giuanin lo apretó con las rodillas, aflojó las bridas y partió al galope. Al cuarto de hora estaba domado, obediente como un corderito; pero no se dejaba montar sino por Giuanin.

Entonces el Rey tomó a Giuanin a su servicio, y lo apreciaba tanto que los otros criados comenzaron a tenerle envidia. Y se pusieron a pensar en cómo desembarazarse de él.

Es necesario saber que ese Rey tenía una hija, y que esta hija había sido raptada años atrás por el Mago Cuerpo sin alma y nadie sabía nada de ella. Los servidores fueron a decirle al Rey que Giuanin se había ufanado públicamente de que la liberaría. El Rey lo hizo llamar; Giuanin, caído de las nubes, le dijo que no sabía nada. Pero el Rey, cuyos ojos perdían la luz de sólo pensar que se hicieran bromas al respecto, le dijo:

– ¡O la liberas, o te hago cortar la cabeza!

Giuanin, viendo que no había modo de hacerlo entrar en razón, pidió una espada herrumbrada que pendía del muro, ensilló a Rondello y partió. Al atravesar un bosque, vio un león que le hizo señas para detenerse. Giuanin tenía un poco de miedo al león pero le disgustaba darse a la fuga, así que desmontó y le preguntó qué quería.

– Giuanin – le dijo el león – , ya ves que aquí somos cuatro: yo, un perro, un águila y una hormiga; tenemos este asno muerto para repartírnoslo; tú tienes una espada, así que divídelo en partes y di cuál nos corresponde a cada uno.

Giuanin decapitó el asno y le dio la cabeza a la hormiga.

– Toma – le dijo-  te servirá de madriguera y dentro tendrás comida hasta hartarte.

Luego cortó las patas y se las dio al perro:

– Aquí tendrás mucho hueso para roer.

Arrancó las tripas y se las dio al águila:

– Aquí tienes comida apropiada, y hasta puedes llevártela a la copa de los árboles donde te quieras posar.

Le dio el resto al león, a quien le correspondía por ser el de mayor tamaño. Montó nuevamente, y estaba a punto de partir cuando oyó que lo llamaban. «Ay de mí», pensó, «no habré hecho una división justa». Pero el león le dijo:

– Has sido un buen juez y nos hiciste un buen servicio. ¿Qué podemos ofrecerte en señal de gratitud? Aquí tienes una de mis garras; cuando te la pongas, te convertirás en el león más fiero del mundo.

Y el perro:

– Aquí tienes uno de mis bigotes; cuando te lo pongas debajo de la nariz, te convertirás en el perro más veloz que se haya visto.

Y el águila:

– Aquí tienes una pluma de mis alas; con ella podrás convertirte en el águila más grande y veloz que vuele bajo el cielo.

Y la hormiga:

– Y yo te doy una de mis patitas; cuando te la pongas te convertirás en una hormiguita, tan pero tan chiquita que ni con lentes podrán verte.

Giuanin cogió todos los regalos, les dio las gracias a los cuatro animales y partió. Aún no sabía si creer o no en la virtud de esos regalos, porque bien podían haberle gastado una broma. Pero en cuanto perdió de vista a los animales se detuvo para hacer la prueba. Se transformó en león, en perro, en águila y hormiga, luego pasó de hormiga a águila y a perro y a león y luego se convirtió en águila, en hormiga, en león y en perro y luego pasó de perro a hormiga y a león y a águila, asegurándose así de que todo funcionaba perfectamente. Reanudó la marcha muy satisfecho.

En el linde de un bosque había un lago y sobre el lago un castillo. Era el castillo del Mago Cuerpo sin alma. Giuanin se transformó en águila y voló hasta el alféizar de una ventana cerrada. Luego se transformó en hormiga y penetró en la estancia a través de una fisura. Era un bello aposento y la hija del Rey dormía bajo un dosel. Giuanin, sin dejar de ser hormiga, caminó sobre sus mejillas hasta despertarla. Entonces se quitó la patita de hormiga y la hija del Rey se vio de pronto junto a un hermoso joven.

– ¡No temas! – le dijo Giuanin haciéndole señas de que se callan -. He venido a liberarte. Es necesario que el Mago te diga qué hay que hacer para matarlo.

Cuando el Mago volvió, Giuanin volvió a convertirse en hormiga. La hija del Rey recibió al Mago con mil melindres, lo hizo sentar a sus pies, le hizo apoyar la cabeza sobre sus rodillas. Y le dijo:

– Querido Mago mío, yo sé que tú eres un cuerpo sin alma y que por lo tanto no puedes morir. Pero siempre temo que alguien descubra dónde tienes el alma y logre matarte, lo cual me entristece.

Entonces le respondió al Mago:

– A ti puedo decírtelo, pues aquí estás tan encerrada que no puedes traicionarme. Para matarme haría falta un león tan fuerte que pueda matar al león negro que hay en el bosque; muerto el león, de su vientre saldrá un perro negro tan veloz que para alcanzarlo haría falta el perro más veloz del mundo. Muerto el perro negro, saldrá de su vientre un águila negra que no sé qué águila podría vencerla. Pero aunque mataran al águila negra, habría que sacarle del vientre un huevo negro y rompérmelo en la frente para que mi alma vuele y yo muera. ¿Te parece fácil? ¿Crees que vale la pena que te pongas triste?

Giuanin todo lo escuchó con sus orejitas de hormiga; salió por la fisura con sus pasitos y volvió al alféizar. Allí volvió a convertirse en águila y voló hacia el bosque. En el bosque se transformó en león y recorrió la espesura hasta que encontró al león negro. El león negro lo atacó, pero Giuanin era el león más fuerte del mundo y lo derrotó. (En el castillo, el Mago sintió que la cabeza le daba vueltas.) Del vientre abierto del león surgió un veloz perro negro, pero Giuanin se convirtió en el perro más veloz del mundo y lo alcanzó, rodaron por tierra, mordiéndose hasta que el perro negro cayó muerto. (En el castillo, el Mago tuvo que meterse en cama.) Del vientre abierto del perro salió volando un águila negra, pero Giuanin se convirtió en el águila más grande del mundo y ambas giraron por el cielo desgarrándose con el pico y las uñas, hasta que el águila negra cerró las alas y cayó a tierra. (En el castillo, el Mago sufría una fiebre brutal y se arrebujaba bajo las colchas.)

Giuanin se convirtió en hombre, abrió el vientre del águila y halló allí el huevo negro. Se dirigió al castillo y se lo dio a la hija del Rey, que se puso muy contenta.

– ¿Pero cómo lo has hecho? -le preguntó ella.

– Cosa de nada – le dijo Giuanin-  Ahora te toca a ti.

La hija del Rey entró en el aposento del Mago.

– ¿Cómo estás?

– Ay, pobre de mí, alguien me ha traicionado…

– Te he traído una taza de caldo. Bebe.

El Mago se incorporó para sentarse y se inclinó para beber el caldo.

– Espera que le ponga un huevo, así queda más sustancioso – y con estas palabras, la hija del Rey le rompió el huevo negro en la frente. El Mago Cuerpo sin alma murió en el acto.

Giuanin, para gran alegría de todos, le devolvió la hija al Rey, quien de inmediato se la dio como esposa.

La Siempreviva (Leyenda Maya)

Cierta tarde después de la lluvia que a veces cae en verano, a las faldas del cerro Kinich Kakmó, caminaba por la zona muy tranquilo un lugareño quien escuchó una vocecita, que en forma dulce decía: «¿Eres tú Balám?» Atónito, miró a su alrededor pensando que era una imaginación suya, pero la pregunta se repitió y para su asombro, la voz salía de una flor silvestre llamada siempreviva que se hallaba a sus pies. Por si no lo sabes la siempreviva es una de tantas variedades de flores que crecen en terrenos escarpados y zonas accidentadas como acantilados y terrenos rocosos donde las condiciones de vida no son aptas para otras flores; su habilidad para almacenar agua en sus gruesas hojas les permite vivir en lugares rocosos y soleados, y aunque parece una flor frágil soporta muy bien vientos y tempestades.

Solo por curiosidad aquel hombre le contestó: «¿Quién eres que me llamas por un nombre que no es el mío?» A lo que la voz le respondió: «Entonces, tú no eres mi Balám, ni me conoces, pero si me escuchas te contaré mi historia y quien soy…»

La vocecita le contó: «Yo era una sacerdotisa del templo de Itzamaltul, hija de un principal; había hecho el voto de castidad que mi condición me exigía, lo que significaba que mi amor sería para mi dios y no para un mortal. Durante una ceremonia del juego de pelota conocí a un valiente guerrero de nombre Balám… nos enamoramos, pero de un modo u otro esto llegó a oídos de mi padre, hasta sorprendernos en una de nuestras entrevistas de amor.

Como castigo nos impuso, a mí, ser sacrificada a los pies del dios rojo «Kinich», y a él, presenciar el sacrificio al pie de la escalinata del mismo.

El trágico día para cumplir la condena llegó. Recuerdo que me pintaron y vistieron, como quienes mueren al pie del dios, como un sueño recuerdo que fui llevada y colocada en el templo del dios Kinich, ante la mirada desesperada de mi Balám para cumplir su sentencia. De repente sentí un profundo dolor al ser mi pecho desgarrado, pero mi corazón aún palpitante se arrebató de  las manos del sumo sacerdote y rodando por las escalinatas del templo llegó a los pies de mi amado Balám, quien escuchó de mí: Tómame, soy tuya,

El huyó conmigo en sus manos a esconderse, sin que nadie osara impedirlo y a la claridad de una noche de luna llena me trajo a enterrar a los pies de este templo.

Ofreció volver por mí, y lo he esperado muchas lunas llenas pero mi Balám todavía no llega»

Lo sobresaliente de la siempreviva es que mantiene su aspecto hasta un año sin agua, conservando los colores y formas.  Tal parece que aunque frágil, esta flor tiene la suficiente fuerza interna para soportar las adversidades, y ahora que conocemos su leyenda sabemos qué la motiva a sobrevivir a las adversidades del clima y del terreno: la siempreviva espera por su Balám y se mantiene hermosa solo para él.

Emocionado y conmovido por la triste la historia, el lugareño acercó sus labios para besar a la florecita y en su interior vio brillar una gota… ¿Sería de la lluvia anterior? o ¿Sería una última lágrima que la siempreviva derramaba por su Balám?… ¿Quién lo sabe?